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El Misterio de los 18 Hoyos: por qué el golf decidió detenerse en esa cifra —y no en otra

Por que los campos tienen 18 hoyos

1. La cifra que nadie eligió… y todos respetan

En casi todos los deportes, las medidas parecen fruto de una mente obsesiva: líneas exactas, tiempos cronometrados, proporciones casi matemáticas. El golf, en cambio, se apoya sobre un número que suena más a casualidad que a cálculo: 18 hoyos. Ni redondo, ni simétrico, ni particularmente intuitivo.

¿Por qué no 20, con su elegante decena doble? ¿Por qué no 15, más rápido y quizá más amable para las piernas? La respuesta —como suele ocurrir en la historia— no está en un laboratorio ni en un comité técnico. Está en la arena, en el viento, en un puñado de decisiones prácticas tomadas por hombres que probablemente no sospechaban que estaban definiendo una tradición mundial.

El golf tiene esa ironía deliciosa: presume de reglas estrictas y etiqueta milimétrica, pero su columna vertebral nació de la improvisación. Como si una catedral hubiese surgido porque alguien movió cuatro piedras para que encajaran mejor.

Y así fue, más o menos.

2. Cuando el golf no se diseñaba: se encontraba

En el siglo XV, el golf no se planificaba sobre planos. Se jugaba donde se podía. En la costa oriental de Escocia, sobre el llamado links land, esa franja de terreno arenoso entre el mar y la tierra cultivable donde el viento peina la hierba hasta dejarla fina y firme, casi como una alfombra que nadie pidió pero todos agradecen.

Allí no había arquitectos de campos. Había dunas, matorrales y terreno irregular. El recorrido surgía como surge un sendero: por insistencia. Cada pueblo tenía su propio número de hoyos: cinco, ocho, doce… o los que el terreno permitiese. El formato era tan variable como el clima escocés: imprevisible y, a veces, caprichoso.

En Leith Links, por ejemplo, el recorrido era breve. En Musselburgh, el viento marino decidía más que cualquier regla escrita. Y en Prestwick, donde se celebraría el primer Open Championship en 1860, el campo original tenía 12 hoyos. Doce. No dieciocho.

Por si fuera poco, el juego fue prohibido en 1457 por el Parlamento escocés bajo el reinado de James II, porque distraía a los hombres de la práctica obligatoria del tiro con arco. Resulta casi cómico: un deporte asociado hoy a la calma fue considerado una amenaza para la defensa nacional.

La arquería era cuestión de supervivencia. El golf, de placer. Y aun así, sobrevivió el segundo.

3. El día que St Andrews cambió el mundo sin proponérselo

Si hay un lugar que concentra la mística del golf, ese es el Old Course de St Andrews. No por decreto, sino por prestigio. Por tradición. Por influencia.

En 1764, el campo tenía 11 hoyos. Los jugadores hacían el recorrido de ida y regresaban por el mismo terreno, sumando 22 hoyos. De ahí nacieron los famosos double greens: enormes superficies compartidas por dos hoyos distintos, una solución práctica para evitar conflictos… mucho antes de que alguien hablase de logística deportiva.

Y entonces ocurrió algo aparentemente trivial: la Society of St Andrews consideró que los cuatro primeros hoyos eran demasiado cortos. Decidieron fusionarlos en dos más largos. Hicieron lo mismo en el trayecto de vuelta. El total pasó de 22 a 18.

No fue una decisión filosófica. No hubo discursos épicos. Fue una cuestión práctica: ajustar distancias, mejorar el desafío, optimizar el terreno.

Y, sin embargo, aquel ajuste accidental terminó siendo la medida universal. Aquí está la antítesis que define al golf: un deporte obsesionado con la tradición cuya tradición nace de una modificación casi administrativa.

4. De costumbre local a dogma global

¿Por qué se impuso el modelo de 18 hoyos y no otro? Prestigio. Nada más poderoso.

A medida que el golf se expandía por las Islas Británicas en el siglo XIX, los nuevos clubes no querían innovar: querían parecerse a St Andrews. Copiar su estructura era una forma de legitimarse.

El R&A consolidó reglas y estándares, y el formato de 18 hoyos se convirtió en referencia implícita. Además, apareció una figura clave: Old Tom Morris, diseñador de campos, campeón y embajador involuntario del juego. Viajó por Escocia, Inglaterra e Irlanda construyendo recorridos que, casi siempre, seguían el patrón de 18 hoyos.

Fue como sembrar un modelo. Donde iba Morris, iba el estándar. Cuando el golf cruzó el Atlántico hacia Estados Unidos, la estructura ya estaba consolidada. Lo que empezó como una solución local se transformó en norma internacional.

Curioso, ¿verdad? El número no era perfecto. Pero ya era sagrado.

5. La leyenda del whisky: romántica, sí; verídica, no tanto

En cualquier casa club aparece tarde o temprano la historia: una botella de whisky escocés contenía 18 medidas. Un trago por hoyo. La ronda terminaba cuando se vaciaba la botella.

La imagen es irresistible. Caballeros envueltos en bruma, contando golpes y tragos con igual solemnidad. Pero no.

No hay evidencia histórica que vincule la estandarización de 1764 con el consumo de destilados. La cronología tampoco encaja. Es folclore, no documento. Eso sí: la leyenda revela algo más profundo. El golf no es solo deporte; es cultura. Y toda cultura necesita relatos, aunque algunos sean más poéticos que precisos.

6. Por qué 18 funciona (aunque nadie lo planificara así)

Equilibrio físico y mental

Una ronda de 18 hoyos implica entre cuatro y cinco horas de juego. Es una exigencia considerable, pero no desmedida. Permite que la concentración se desgaste gradualmente, como una vela que se consume sin apagarse de golpe.

Menos hoyos resultarían breves. Más, excesivos.

Diseño estratégico

Dieciocho hoyos ofrecen variedad suficiente: pares 3, 4 y 5; doglegs; obstáculos naturales; decisiones de riesgo y recompensa. El jugador no solo golpea. Evalúa. Calcula. Duda.

El recorrido completo se convierte en una narrativa: los primeros hoyos presentan el argumento; el tramo central desarrolla el conflicto; los últimos cuatro o cinco hoyos… ahí se decide el desenlace. Reducir el número sería como quitar capítulos a una novela.

Uso del espacio

Un campo estándar ocupa alrededor de 60–70 hectáreas. Esa extensión permite integrar el recorrido en paisajes naturales sin desfigurarlos por completo. El equilibrio entre extensión y viabilidad económica también juega su papel.

Aquí la ironía vuelve a asomar: el golf parece aristocrático, pero sus medidas responden a una lógica sorprendentemente pragmática.

7. Otros estándares que nacieron casi por accidente

El golf está lleno de normas que parecen inmutables y que, en realidad, nacieron por pura conveniencia. Adaptación, no destino.

  • Diámetro del hoyo (4,25 pulgadas): se popularizó por el uso de un tubo en Musselburgh y se codificó oficialmente en 1891.
  • Regla de los 14 palos: establecida en 1939 para evitar ventajas técnicas excesivas.
  • El término “caddie”: asociado al francés cadets en la corte de Mary, Queen of Scots (origen discutido).
  • Evolución de la bola: de la featherie a la guttie y a la bola moderna con hoyuelos aerodinámicos.

Nada de esto nació de un gran plan maestro. Todo fue solución práctica. El golf, que hoy presume de precisión milimétrica, se construyó a base de decisiones terrenales.

8. Tradición frente a modernidad: una tensión constante

Hoy el golf utiliza tecnología de análisis de swing, materiales compuestos y sistemas de medición láser. Sin embargo, mantiene intacta la estructura de 18 hoyos.

Es una tensión fascinante: innovación tecnológica sobre una arquitectura del siglo XVIII. Como si un reloj atómico funcionara dentro de una caja de madera tallada hace trescientos años.

El golf no renuncia al pasado. Lo incorpora.

9. Conclusión: una cifra que se convirtió en rito

Los 18 hoyos no son una medida arbitraria: son el resultado de una evolución orgánica y de decisiones prácticas tomadas en St Andrews hace más de 250 años. Lo que comenzó como una fusión de hoyos cortos terminó siendo el patrón global.

Cada vez que alguien coloca la bola en el primer tee, inicia algo más que una competición. Recorre una tradición que conecta dunas escocesas, decisiones fortuitas y siglos de repetición.

El golf podría haber tenido 16 hoyos. O 20. Pero tiene 18. Y quizá ahí resida su encanto: no todo lo que perdura nace de un plan perfecto. A veces, basta con que funcione. Y que el tiempo —ese juez implacable— lo confirme.

¿Siempre existieron campos de 18 hoyos?

No. Durante siglos hubo recorridos de 5, 8, 12 o más hoyos. El estándar se consolidó en el siglo XIX gracias a la influencia de St Andrews.

¿Quién decidió oficialmente que fueran 18?

La reducción a 18 hoyos se produjo en 1764 en St Andrews. Posteriormente, el prestigio del club y del R&A convirtió ese formato en referencia mundial.

¿Es obligatorio jugar 18 hoyos?

No. Existen campos de 9 hoyos y recorridos ejecutivos más cortos. Sin embargo, las competiciones oficiales suelen disputarse a 18 o múltiplos de 18.

¿El mito del whisky es real?

No hay pruebas históricas que lo respalden. Es una leyenda popular sin fundamento documental.

¿Por qué no se ha cambiado el estándar?

Porque ofrece un equilibrio óptimo entre desafío físico, estrategia y duración de la partida.

¿Cuánto tiempo se tarda en jugar 18 hoyos?

Normalmente entre 4 y 5 horas, dependiendo del ritmo de juego y del número de jugadores.

¿Todos los torneos profesionales usan 18 hoyos?

Sí. Los torneos se juegan a 18 hoyos por ronda, generalmente durante cuatro días consecutivos.

¿Existen campos con más de 18 hoyos?

Sí. Algunos complejos cuentan con 27 o 36 hoyos, pero organizados en recorridos independientes de 18.
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