Hablar del regreso del golf a los Juegos Olímpicos es recorrer un camino que va desde el olvido absoluto hasta una resurrección digna de epopeya deportiva. Durante más de un siglo, el golf vivió a las puertas del mayor escenario competitivo del planeta, observando cómo otros deportes más jóvenes ocupaban un lugar que, paradójicamente, él había inaugurado hace ya más de cien años. Y, sin embargo, el siglo XXI escenificó su venganza elegante: el retorno. Un retorno trabajado, debatido, discutido… y finalmente celebrado.
En un movimiento casi teatral, el COI decidió en 2009 que, después de tanto tiempo en el exilio, el golf merecía volver al programa olímpico. Y así, Río 2016 abrió un capítulo que ha redefinido no solo el lugar del golf en el ecosistema deportivo global, sino también la forma en que jugadores, federaciones y países entienden el valor simbólico del olimpismo. Porque, aunque los Majors definan la carrera de un profesional, la medalla olímpica tiene un sabor distinto, casi ancestral: representa a un país entero.
I. Los cimientos del regreso: un debate que encendió el siglo
No hay regresos triunfales sin antes haber atravesado un buen número de resistencias. Cuando se planteó incluir de nuevo el golf en el programa olímpico, la discusión en el COI se llenó de antítesis tan poderosas como reveladoras: ¿deporte global o deporte elitista?, ¿competición emocionante o trámite administrativo?, ¿campo abierto o infraestructura demasiado costosa? La ironía es evidente: un deporte con presencia en 200 países tenía que justificar su universalidad frente a deportes que apenas cruzaban fronteras.
Sin embargo, el lobby en favor del golf trabajó con precisión quirúrgica. Vídeos emotivos, informes técnicos, datos de impacto y testimonios de estrellas como Tiger Woods sirvieron para derribar prejuicios. Aunque el voto no fue unánime, el resultado sí fue contundente: 67 votos a favor, 24 en contra. El golf volvía a competir bajo los aros olímpicos.
Un formato conservador para un retorno ambicioso
La propuesta aceptada fue clara: stroke play a 72 hoyos, la modalidad más utilizada en los grandes torneos profesionales. Una elección que generó cierto escepticismo. Hubo quienes defendieron formatos más televisivos —match play, equipos, mixto—, pero la decisión apostó por la justicia competitiva y la consistencia técnica. El golf regresaba a lo grande, sí, pero también regresaba siendo fiel a sí mismo.
Aun así, no todos los jugadores abrazaron de inmediato el nuevo escenario. En 2016, figuras como Adam Scott o Louis Oosthuizen decidieron no acudir. El calendario, los desplazamientos o directamente la falta de motivación fueron excusas frecuentes. ¿Era realmente una medalla olímpica más valiosa que un Major? La pregunta, incómoda, flotaba en el ambiente. Pero las siguientes ediciones se encargaron de responderla con hechos, emoción y, sobre todo, con una creciente participación global.
II. Tokio 2020 y París 2024: el golf se consolida
El golf en los Juegos Olímpicos no tardó en demostrar que su retorno no había sido un capricho, sino una necesidad histórica. Río 2016 encendió la chispa; Tokio 2020 y París 2024 consolidaron el fuego.
Tokio 2020: un torneo atípico en un mundo en pandemia
El torneo de 2021 (sí, esas rarezas cronológicas de la pandemia) tuvo un ambiente extraño, casi silencioso. Pero bajo ese telón contenido surgieron historias de enorme intensidad deportiva.
- Oro masculino: Xander Schauffele (EEUU)
- Plata: Rory Sabbatini (Eslovaquia)
- Bronce: C.T. Pan (Chinese Taipei)
La lucha por el bronce fue una batalla al borde de lo surrealista: siete jugadores empatados, cada golpe con aroma a final de Major. Una escena casi cinematográfica en un campo sin público.
- Oro femenino: Nelly Korda (EEUU)
- Plata: Mone Inami (Japón)
- Bronce: Lydia Ko (Nueva Zelanda)
Aunque la atmósfera no tuvo la energía de Río, Tokio dejó una sensación innegable: el golf olímpico había llegado para quedarse.
París 2024: la consagración
Le Golf National fue el escenario perfecto: exigente, técnico y visualmente imponente. Las gradas repletas demostraron algo casi simbólico: el público europeo, exigente como pocos, había adoptado el golf olímpico con fervor.
En la competición masculina, Scottie Scheffler firmó un torneo casi impecable. -19 para el oro, seguido de Tommy Fleetwood con -18 y un Matsuyama Hideki que volvió a demostrar por qué su swing parece una mezcla entre un metrónomo suizo y un poema de Bashō.
Pero si hubo una historia con alma fue la de Jon Rahm. Tras perderse Tokio por COVID, llegó a París con el hambre de quien carga una deuda emocional con el destino. Lideró parte del torneo, llegó a -20… y luego el campo le recordó que el golf no perdona. Bogeys consecutivos, salidas defectuosas y una lucha interna que todo jugador reconoce. Terminó quinto, a dos golpes de las medallas. Un final duro, pero también un recordatorio de que el deporte olímpico es, por definición, cruel y sublime al mismo tiempo.
III. La clasificación olímpica: una carrera que dura dos años
Detrás de cada jugador que pisa el tee olímpico hay un proceso de clasificación casi quirúrgico: el OGR (Ranking Olímpico de Golf). Una máquina matemática que pondera resultados, descarta semanas, exige regularidad y premia la constancia casi obsesiva.
El sistema —con cuotas, fechas límite y criterios basados en medias ponderadas— obliga a los golfistas a planificar sus temporadas con precisión. Un símil útil sería compararlo con una partida de ajedrez donde cada torneo es un movimiento y cada mala semana puede hipotecar dos años de esfuerzo.
El caso de David Puig es un ejemplo paradigmático. Jugador del LIV Golf, sin acceso a puntos del Ranking Mundial, sobrevivió en la élite gracias a un corte superado en el US Open. Ese solo torneo le abrió el camino a París. Una demostración de que el sistema es duro, pero no excluyente.
IV. Los Ángeles 2028: la revolución del equipo mixto
Si el regreso del golf fue un triunfo, lo que viene en Los Ángeles 2028 es una revolución en ciernes: el formato por equipos mixtos. La primera competición de este tipo desde 1904. Una modalidad que combina técnica, estrategia y una de las tendencias olímpicas más potentes del siglo XXI: la igualdad de género.
El torneo tendrá dos rondas: foursomes y fourball. Dos estilos opuestos que casi parecen metáforas deportivas: en la primera ronda, ambos jugadores comparten una sola bola; en la segunda, cada uno juega la suya. Unidad y autonomía, cooperación y libertad. Una antítesis perfecta para un deporte que vive en la tensión entre el esfuerzo individual y el orgullo colectivo.
V. El papel de las federaciones: el caso de la RFEG
Nada de esto sería posible sin la estructura técnica y política de las federaciones nacionales. En España, la RFEG actúa como arquitecta silenciosa del éxito olímpico: selecciona jugadores, supervisa programas, promueve igualdad de género, coordina comités técnicos y garantiza que la planificación deportiva esté alineada con el ciclo olímpico.
Una federación es, en cierto modo, como el caddie del sistema deportivo nacional: discreto, eficiente, imprescindible. Aunque el protagonista siempre sea el jugador, sin ese apoyo invisible es imposible ganar medallas.
Un regreso que ya es historia
El golf olímpico ha demostrado que la historia puede reescribirse cuando un deporte combina tradición, ambición y una narrativa global. Lo que comenzó como una apuesta incierta ha terminado siendo uno de los regresos más exitosos del siglo XXI.
Cuando un golfista se cuelga una medalla olímpica, no gana solo para sí mismo: gana para una nación, para una tradición y para un deporte que ha esperado más de cien años su segunda oportunidad. Y eso, en un mundo que a veces olvida la importancia del largo plazo, es casi un milagro deportivo.